PARRILLA IMPROVISADA
Era una de las últimas noches del año y la promesa de "un asadito para el brindis entre amigos" ya estaba quedando muy vieja, casi que parecía uno de esos discursos de campaña política de que se va a hacer y nunca se hace.
Cuestión que dos días antes de la fecha y ya fijada con meses de anticipación y con una larga lista de gastos a lo largo del año, reparar la parrilla de los nonos no era viable: era muy viejita, se descalzó la parrilla propiamente dicha e incluso estaba venido a menos por falta de mantenimiento la chimenea. Todo mal.
Surgió la ineludible pregunta: ¿que hacemos?
Ahora faltaba solo un día y costear una portátil estaba fuera de presupuesto. Las achuras ya se estaban marinando y no había vuelta atrás. El asado debía hacerse con lo que hubiera.
Y rescatamos en el proceso de limpieza dentro y fuera de la casa ladrillos refractarios, ladrillos huecos, una parrillita de antaño que era para el hogar y 2 que pertenecían a una vieja portátil. Eso estaba resuelto. Pero ¿y como distribuir las brasas? ¿y cómo hacerla?
Llego el gran día y la gente iba llegando. Procuramos atenderles y que se sientan a gusto; para muchos era la primera vez que visitaban nuestra casa. Tabla de madera sobre caballetes, picada y fernet cortesía de amigos, cartas y por supuesto, las infaltables risas y anécdotas.
En paralelo, montamos tal cual habíamos ensayado con anticipación, 2 "pisos" de ladrillos refractarios. En uno, a los lados ubicamos ladrillos huecos para sostener las parrillitas rescatadas. En el otro, bastó con colocar la parrilla de fierro para el hogar.
¿Y EL FUEGUITO?
El fuego lo terminamos haciendo en un rinconcito de la vieja parrilla, pero mi papá sugirió como alternativa, casar una bacha vieja que teníamos como macetero hacia un tiempo y hacer allí mismo la brasa. El diablo sabe más por viejo que por diablo así que acatamos tenerla a un lado, cual fiel compañera, por si las moscas.
¡Nada arde mejor que la madera de un cajón de pollo! Créanme. Y aunque no la rescatamos exactamente de las puertas de una granja o de una carnicería, los muchachos de un vivero de la esquina muy generosamente le emplean a dichos cajones para trasportar almácigos y luego amablemente les desechan, para saciar las pobres almas que cirujean por estos pagos.
Diario y maderas, así arrancan las llamas.
¿Carbón o leña? pregunta un Hamlet criollo, en vez de ser o no ser. Y la verdad, que qué mejor una combinación de ambas costumbres, total saben llevarse de la mano y nunca hay o habrá grieta entre ellas, más bien sociedad. Poco a poco, las brasas van relucieron su hermoso rojo incandescente.
EL PROCESO
De algo había que presumir y como era la primera vez que confiamos en comprar el asado y las achuras a una carnicería nueva, necesitábamos apoyar nuestra confianza en algo más endeble. Ahí entra en aparición un simpático jueguito de tablas de madera curada, parrillitas de mesa y herramientas para el asador. La verdad que de las últimas, solo el fierro era bueno y hasta por ahí porque hoy por hoy al mango si lo he visto, no me acuerdo y el fierro tiene más de ser estaño o plomo. ¡Pero en fin! Ese día nos hizo quedar bien y nos sirvió para coordinar el abastecimiento de un generoso colchón de brasas vivas.
En el coral de expertos en el metichaje y la opinología tan típicos del asado, dirán que la carne en su amplio espectro debe ser sometida a llamas intensas; otros dirán que el colchón de brasas debiera ser homogéneo en toda su superficie y no destacar por que caliente en exceso; algún atrevido incluso querrá ser innovador y hacer una pila funeraria para más que cocer, alumbrar el asado; luego los más expertos, por hay de la sabiduría de observar, aprender y no hablar tanto sabrán decir y hasta asesorar, (que no es lo mismo que meterse porque al asesor se lo busca, no se invita a si mismo al sitio) que más que colchón es perimetral la disposición del rojo carbón y sútil la distribución sino mínima de las piezas calientes bajo los fierros que sustentan la carne. Vuelta y vuelta, despacio sin marear que tampoco es un espiedo pero procurando que la cara del hueso se haga primero y de lo tierno después nos encargaremos. Así se va haciendo, así se fue asando, así se sirvió.
Como un desfile de celebridades por la alfombra roja, las carnes se abrieron paso entre los platos. Llegaban no como cualquiera, con una pinza de la parrilla al plato, sino con la elegancia que merece, montados sobre las parrillitas de mesa y su propia guarnición de brasas debajo, cual carrozas para la nobleza.
No me he olvidado de las achuras. Sucede que merecen mención honorífica en esta casa porque gustan y mucho. No quiero presumir, son mi especialidad. Ya curadas en limón, aborrezco eso de en leche, opte esta vez arriesgarlo todo y en vez de servir al fuego los chinchulines en brocheta mejor extenderlos sobre el fierro que era del hogar. Cuando estaban a mitad de su cocción cortarles en tramos y servir. Todo esto con la brasa bien caliente.
Riñones, morcillas y chorizos resultaron ser lo más simple, lo más sencillo. Los primeros también fueron previamente curados y como es la regla general, a todos tratarlos vuelta y vuelta, ofreciéndole a cada cara el tiempo necesario para que se encariñe con las brasas.
EL REMATE
Vino o cerveza. Democráticamente se prefirió por la cebada en porrón para hacerle el aguante a la carne. Nada artesanal, más bien la colaboración de uno de los invitados. Pero el chico de la picada, otro de los comensales, también sumo el amargo alcohol serrano y su fiel compañera yankee de la que ya todos sabemos.
Una amiga sumó una ensalada con la gracia de su cocina natal, un aderezo peruano cruza de lima y especias andinas. Nosotros unas papas fritas de bastón. Había guarnición para todos y todas.
Echamos panza, nos reclinamos, algún que otro pasó el pancito por el plato y no faltaron escarbadientes o buen provechos. La verdad, salió bien de culo.
Cortesía de una pareja amiga, hubo helado y champagne para despedir el año. Pero no acabó sino hasta las 5 o 6 de la madrugada que el vicio de las cartas nos cautivo. Solo Morfeo venía a tocar timbre y llevarse uno por uno a los invitados. La celebración fue memorable, un éxito en verdad.